ANDREA
No sabía qué esperar cuando subí al auto de mi jefe, después de que él me indicara con un gesto. Supuse que seguía molesto por lo de ayer. Me miraba con una expresión indescifrable mientras conducía en silencio hacia la universidad. No sabía qué estaba pensando ni qué haría. Tal vez me despediría, me ignoraría o me odiaría por hacerle creer que todo fue una broma. Quizás terminaría sintiendo lástima y me perdonaría por mi torpeza.
Pero no, él no decía nada. Solo conducía en silencio. Mi