BIANCA
El camino al cementerio se me hace mucho más pesado de lo que imaginé.
Adrián va conduciendo despacio, con las manos aferradas al volante, mientras observo de reojo a mis abuelos en el asiento trasero. Mi abuela lleva las manos entrelazadas sobre su regazo desde que salimos de la casona. Mi abuelo, en cambio, permanece mirando por la ventana en absoluto silencio, demasiado callado para alguien como él. Incluso Austin parece percibir que hoy el ambiente es distinto, porque va tranquilo en