Efraín miraba a través del ventanal; en su juventud jamás se vio sentado en aquella silla tan codiciada por su primo. Él, cuando fue enviado a Nueva York por parte de su tío, jamás hubiera imaginado que ese mismo hombre sería quien lo colocaría en ese lugar.
—¿Ya estás listo? —preguntó Dante Montemayor mientras caminaba con taza de café en mano.
—¿Honestamente?
—Dime…
—No, jamás me vi tomando el lugar de mi primo. —respondió el joven con calma.
—Pues nunca digas nunca. Solo te voy a pedir una co