Vi el golpe atravesarle la cara. Intentó contenerlo, pero no pudo del todo. Porque una cosa era sospechar. Otra muy distinta era mirar de frente a un niño con sus ojos, su ceño y una corbata torcida.
—Mateo —dijo, casi sin voz. Mi hijo enderezó la espalda.
—Hola. —Damián tragó saliva.
—Hola, Mateo.