Damián estaba a mi lado, con Mateo dormido en sus brazos.
—No tienes que apurarte —dijo.
Miré la sala vacía.
Ahí había llorado.
Ahí había cargado a Mateo enfermo.
Ahí había odiado a Damián.
Ahí lo había dejado volver.
Ahí había pegado la primera foto.
Ahí había aprendido que una casa podía ser mía y