—Pan portátil —dije.
—Soy visionaria.
Acepté el pan.
—Gracias.
Sofía me miró.
—¿Estás feliz?
La pregunta me tomó desprevenida.
No porque no supiera la respuesta, sino porque durante mucho tiempo la felicidad me había parecido una palabra demasiado grande, casi sospechosa. Yo prefería decir tranquila