Damián bajó la mirada, pero sonrió un poco.
—Estuviste cuando yo lloraba y decía que no estaba llorando —continué—. Cuando la casa se sentía enorme. Cuando yo creía que ser fuerte era no pedir nada. Tú llegabas con pan, con regaños, con chistes malos y con esa forma tuya de quedarte sin pedir permis