Damián caminaba a mi lado.
No delante.
A mi lado.
Ese detalle me sostuvo más de lo que quise admitir.
Renata ya estaba allí cuando llegamos. Impecable, por supuesto. Traje claro, collar discreto, cabello perfecto y esa expresión de mujer que podía convertir un saludo en una sentencia. No se levantó