Mi voz se apretó.
No quería llorar.
No iba a llorar.
Pero algunas palabras venían con uñas.
—Me habría gustado estar —dijo él.
—Pero no estuviste.
—No. No estuve.
Eso era lo bueno de este Damián nuevo.
No llenaba el silencio con excusas.
No metía a Renata en cada frase.
No me decía “pero me engañaro