Renata soltó una risa seca.
—¿Me amenazas?
—Te estoy avisando.
—Soy tu madre.
Damián cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su mirada había cambiado.
—Y él es mi hijo.
No hubo respuesta.
Esa frase ya no necesitaba gritos.
Pegaba sola.
—A las ocho —dijo Renata al fin—. En mi despacho.
—No —dije