La directora nos recibió en la entrada interna. Era una mujer seria, de voz suave, pero con mirada firme. Yo agradecí eso. No necesitaba lástima. Necesitaba alguien que no se dejara comprar por una señora con tacones y apellido caro.
—Señora Montes, señor Armand —dijo—. Recibimos la comunicación de