—Dios mío —susurró.
Ese susurro me asustó más que un grito.
Me aparté de él.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—No te pongas ahora en el centro de una historia que Mateo vivió sin ti.
—Porque no lo sabía.
—Porque no quisiste saber.
—¡Yo nunca recibí esa carta!
Esta vez sí levantó la voz. No demasiado, pe