—¿Entonces? —preguntó, con un tono de voz entre curioso y preocupado.
—¿Puedes sentarte? —le pregunté, señalando una de las sillas altas de la barra.
—Sí, dime qué sucede. Me volveré más loca si no hablas —dijo, sentándose lentamente.
Tomé asiento a su lado y me bebí el vaso de agua que ella había dejado. Respiré hondo, preparándome para lo que estaba a punto de decirle.
—Te contaré una historia —dije, intentando sonreír para calmarla un poco.
—Bien, te escucho —respondió, con una leve sonrisa