294. SANTIAGO

—¡No, no señor Sardino, nada de eso! Yo realmente al otro día cuando me desperté con ella y mis brazos, estaba muy feliz de saber que había sido el único hombre en la vida de Isabella, e iba a pedirle que dejara a su esposo para que se casara conmigo, pagaría todo lo que tuviera que pagar para lograrlo. Y fue entonces que vi que estaba toda golpeada, tenía los ojos amoratados y los labios muy inflamados. También poseía unas grandes marcas azules en sus mejillas, y su cabeza tenía grandes ch
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