Julia regresó y vio a Cristina parada en la puerta del vestidor, luciendo un vestido etéreo, elegante y pura.
—Cuñada —saludó Cristina cortésmente.
—¿Qué haces aquí? —Julia frunció el ceño. Estos dos sí que eran interesantes, primero uno y luego el otro, ¿no se cansaban?
Cristina dijo suavemente:
—Vine a buscarte para pedirte disculpas, cuñada. No quería que las cosas entre tú y mi hermano terminaran así. Todo es mi culpa...
Julia no quería escuchar nada de eso. Soltó una risa fría y respondió c