La mejor amiga del alfa
La mejor amiga del alfa
Por: Innunani
1-Un día bueno

Mi nombre es Susan. Tengo dieciséis años y soy miembro de la manada *Silver Moon*.

En este momento me encuentro en la cocina de la casa principal, preparando el desayuno para el alfa Marco y su familia. El calor del fuego y el aroma de la comida llenan el ambiente, envolviéndome en una rutina que conozco de memoria.

—Susan, ¿ya terminaste el desayuno?

La voz de la señora Deborah llega desde la puerta. No necesito verla para saber que está ahí, observando cada detalle como siempre.

—Ya estoy terminando —respondo, mientras coloco los últimos platos con cuidado.

Mis manos se mueven con rapidez, pero también con precisión. He aprendido a hacer esto bien… porque no tengo otra opción.

Mi padre es un guerrero de bajo nivel. Mi madre, al igual que yo, trabaja en la casa de la manada. Servir siempre ha sido parte de nuestra vida.

—Ya está listo. Algún día debería enseñarme los protocolos para poner la mesa… así podría ayudarla con eso —le digo, intentando sonar útil mientras le entrego las bandejas.

La señora Deborah me observa por un segundo, como si evaluara algo más allá de mis palabras.

—Lo pensaré, cachorra. Te veo en el almuerzo.

Asiento levemente.

—La veo más tarde.

Cuando se marcha, el silencio regresa a la cocina. Me lavo las manos, me quito el delantal y salgo de la casa principal.

Mi hogar no está lejos. Al alfa le gusta que quienes trabajamos para él vivamos cerca… siempre disponibles, siempre al alcance.

Al llegar, me cambio con rapidez. Sustituyo mi ropa de trabajo por la de entrenamiento y recojo mi largo cabello negro en una cola de caballo.

A pesar de ser una simple omega… papá me deja entrenar.

No siempre fue así.

Hace un año, después de ayudar a la señora Deborah con el desayuno, pasé por el área de entrenamiento de camino a casa. Allí estaban Cole —el hijo del alfa— y Vincent, su mejor amigo y futuro beta.

Los observé durante unos minutos… hasta que reuní el valor suficiente para acercarme.

Les pregunté si podía unirme.

Y, para mi sorpresa… aceptaron.

Convencer a papá fue mucho más difícil.

Sonrío levemente al recordar aquello mientras camino hacia el campo de entrenamiento. En el camino me encuentro con Melissa, otra omega que también trabaja en la casa.

—Hola, Susan. ¿Vas al entrenamiento?

—Sí —respondo, incapaz de ocultar mi entusiasmo.

Melissa sonríe de lado, con ese gesto que siempre parece esconder algo más.

—Rómpete una pierna. Tal vez así te separas por un tiempo del futuro alfa.

No puedo evitar rodar los ojos.

—Claro… y tú podrías dejar de husmear en sus cosas cada vez que limpias su habitación.

Sigo caminando sin esperar respuesta.

—Ni lo sueñes —me grita desde atrás.

Giro apenas la cabeza y le saco la lengua, arrancándome una pequeña sonrisa.

Como casi todas las chicas de nuestra edad… Melissa está enamorada de Cole.

Y no es la única.

En realidad, ninguna lo oculta demasiado. Existe una especie de pacto silencioso entre nosotras: no sabotearnos, no hacernos daño. Porque cualquiera podría convertirse en su Luna algún día… y ninguna quiere enemistades que duren toda la vida.

Cuando llego al campo de entrenamiento, ellos ya están allí.

Esperándome.

—Apresúrate a calentar —dice Vincent—. ¿Por qué vienes tarde?

—Me encontré con Melissa en el camino —respondo, uniéndome a los ejercicios.

—¿Melissa no es la omega que limpia mi habitación? —pregunta Cole.

—Sí… ella misma.

No debería, pero lo miro por un instante más de lo necesario.

Cole tiene diecisiete años. Es alto, fuerte… con cabello negro como la noche y ojos azul claro que contrastan de forma casi irreal. Su cuerpo refleja el entrenamiento constante, la presión de ser el heredero del alfa… de tener que ser el mejor.

—¿Podrías decirle, la próxima vez que la veas, que no le eche tanto perfume a las cartas que deja en mi habitación?

Su tono es casual, pero el gesto de frotarse la nuca delata cierta incomodidad.

—Claro… aunque no creo que me haga caso —respondo, encogiéndome de hombros.

—¿Ya podrían dejar de hablar? —interrumpe Vincent—. Empecemos.

El entrenamiento es exigente, como siempre. Una hora después, el cansancio arde en mis músculos, pero también hay una sensación de satisfacción difícil de explicar.

Regreso a casa, me ducho rápidamente, como algo ligero y vuelvo a la casa de la manada para preparar el almuerzo.

El día avanza sin descanso.

Después, corro a clases, intentando no llegar tarde. Las horas se sienten eternas… especialmente porque Cole está en el último año. Apenas puedo verlo durante el almuerzo.

—¿Qué tal te fue en el entrenamiento hoy? —pregunta Adriana mientras caminamos hacia la cafetería.

—Supongo que bien… —respondo, encogiéndome de hombros—. Aunque sigue viéndome solo como una amiga.

Melissa aparece a nuestro lado, curiosa como siempre.

—¿Alguna novedad?

Dudo un segundo… pero luego sonrío.

—De hecho, sí. Hoy te mencionó.

Sus ojos se iluminan de inmediato.

—¿En serio?

—Sí. Me pidió que te dijera que no le pongas tanto perfume a las cartas.

Su entusiasmo no desaparece.

—Si se acostumbra a mi olor… tal vez empiece a gustarle —dice, convencida—. Y me convierta en Luna.

Se aleja hacia su mesa.

Adriana y yo, como siempre, nos dirigimos hacia donde están Cole y Vincent. A diferencia de las demás… ella no está enamorada de Cole, sino de Vincent.

—Hola, chicos —saludo mientras nos sentamos.

—Hola —responde Cole—. Les trajimos algo de comer.

Coloca unas bandejas frente a nosotras.

Me quedo en silencio por un momento.

Nunca habían hecho algo así.

—Gracias… —murmuro, sorprendida.

Empezamos a comer.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Siento que tal vez… solo tal vez… hay un poco de esperanza.

La tarde pasa entre clases, risas y conversaciones triviales sobre chicos. Nada extraordinario… y, aun así, suficiente.

Al final del día, me recuesto en mi cama, agotada.

Miro el techo, dejando que el cansancio me envuelva.

Un solo pensamiento cruza por mi mente antes de quedarme dormida:

Ha sido un buen día…

Y, por primera vez, espero que mañana… sea igual.

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