Volveré.
—¿Y qué hace aquí? —pregunté con poca modestia, cruzándome de brazos y levantando la barbilla en un gesto desafiante—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—No estás nada mal —murmuró para sí mismo, con una sonrisa que me recorrió de pies a cabeza y me puso la piel de gallina. Lo escuché perfectamente, y su mirada me hizo sentir vulnerable y expuesta—. Vengo a llevarte conmigo —sentenció con una voz profunda que resonó en la habitación, cargada de una extraña autoridad.
Mi cara se desencajó. No entendía na