No podía negar que se veía jodidamente guapo. Era el dios griego más perfecto que jamás había visto. Su camisa color vino, ajustada a su cuerpo, contrastaba con el elegante smoking negro que llevaba encima. El cabello ligeramente húmedo caía desordenado, peinado hacia un lado, pero sin perder ese aire de perfección natural.
—Tú también luces muy bien—dije, tratando de sonar indiferente, pero mi voz salió más fría de lo que esperaba—, Pero no te hagas ilusiones. No lo hice por ti, solo quería ve