Sorpresas.

—¿Podrías darme un beso?— preguntó, y supe de inmediato que era un jugador astuto, aprovechando al máximo su última pregunta.

—¿Por qué debería?— sorné, sintiendo la brisa salada del río acariciar mi rostro. Negó con la cabeza, una sombra de diversión cruzando sus facciones. —¿Con cuántas has estado?

Y ahí se agotaron mis dos últimas preguntas.

—Mm, creo que, con tres, pero solo fueron por necesidades carnales—, respondió, la mirada fija en su copa, como si buscara respuestas en el líquido roji
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