Celsiur.
—¿Entonces preciosa mía, soy un perro?—burló, su voz llena de picardía.
—No, me entendiste mal, ¿sabes?—quise alegar, sintiendo el pánico crecer en mi interior. Me sacudió suavemente y miré el agua que relucía bajo la tenue luz de la luna. A juzgar por el viento, debía estar a una temperatura helada. —, ¿No vas a lanzar a tu preciosa mate a esa agua helada?, ¿verdad? Podría pescar un resfrío y arruinar nuestro fin de semana.
Su sonrisa se ensanchó aún más, superando con creces la del felino de