99. Las miradas (T2)
Después de varios minutos en ese frenesí suspendido, Helios la colocó con suavidad en el piso. Sus manos, grandes y seguras, desabrocharon la bata de encaje que cubría a Herseis, dejando que la tela cayera al suelo como una nube desvaneciéndose al atardecer. Ella, sin dudarlo, se inclinó hacia adelante, apoyándose en la silla. La postura la hacía parecer una felina, lista para recibir el siguiente embate, su espalda arqueada y la piel tersa expuesta, como un paisaje bajo la luz de la luna. Heli