Si alguna vez hubo una semana que sintiera que me iba a tragar por completo, fue la semana de exámenes parciales.
Los pasillos zumbaban con una especie de energía nerviosa imposible de ignorar: estudiantes con libros apretados contra el pecho, algunos susurrando fórmulas en voz baja, otros caminando de un lado a otro como si se dirigieran a su perdición.
Taylor era uno de ellos.
Se recostaba encorvado junto a los casilleros al lado del mío, el cabello hecho un desastre, un lápiz sobresaliendo d