María Saavedra

Eran las doce del mediodía cuando desperté. Dormí como un tronco y no tuve pesadillas, algo inusual en mí. Encendí el televisor de la sala y dejé que las noticias de la tarde empaparan mi conocimiento del mundo mientras preparaba el desayuno y el almuerzo. Removí la silla donde se había sentado Alejandra y me dediqué a mirar su espacio. Encogí los hombros, busqué la comida y me dispuse a comer. Luego revisé las notificaciones del teléfono y me impresioné de la cantidad de llamadas perdidas que tenía de María. Como si adivinara sobre mi despertar, María llamó, atendí de inmediato.

—¡Buenas tardes, María! —expresé con poco entusiasmo, refregándome los ojos.

—¡Llevo más de cuatro horas afuera! —No estaba furiosa, mas parecía incómoda.

—Disculpa, me desvelé con una novela.

Era mi excusa favorita, pero María ya la conocía.

—¡Ajá y te conocí ayer! No estabas escribiendo, seguro te desvelaste con la chica mexicana. —Una sonrisa socarrona surgió en mi rostro—. En fin, te traje unos tequeños que hizo mamá y un pedazo de torta.

Justo lo que me hacía falta para quedar satisfecho. Con las llaves en mano, descendí por el ascensor, que se tambalea y tiene un extractor disfuncional. Al abrir la puerta del vestíbulo, María hizo un cortés saludo al portero y pasó. Su cabello llegaba hasta la nuca; sus cachetes tenían pecas; no era alta, puede decirse que éramos de la misma estatura. Ese día vestía una falda corta y una camisa blanca con el emblema de la secundaria. Además, calzaba unos deportivos negros de la marca Puma. A un costado reposaba un bolso con la imagen estampada de un anime.

—¡¿Ahora qué bolso te compraste?!

—Uno de Kimetsu no Yaiba —respondió y con el dedo se retiró un pequeño filamento de pelo que caía en el medio de su ojo derecho—. Aquí tienes la torta y los tequeños —dijo entregándome un táper grande. Puso los brazos en jarra y ladeó la cabeza, sus ojos gatunos, entornados, me hacían una inspección. Chascó la lengua y negó con un movimiento de mano—. Eres un caso perdido, pareces un mapache.

—No sé si pareceré un mapache, pero no esperaste cuatro horas para criticarme —dije—. Vamos a subir y echaré un ojo a tu cuento.

Nos dirigimos al ascensor.

—Lo tengo en el teléfono, ¿te parece si te lo paso por Bluetooth?

—¿Por qué no me lo enviaste por G***l?

María hizo un gesto de mano como si espantara moscas en el aire.

—¡Bah! De mí no te escapas tan fácil —respondió—. Por cierto, ¿a cuántos no habrás respondido? Deberías ser más sociable.

Ella conocía mi afán por estar solo. Tiendo a no responder los mensajes de mis redes sociales y, por tanto, acumular notificaciones en la bandeja de entrada. No sé por qué me invade el tedio al hablar con las personas. Por más que intente ser extrovertido, siempre hay algo que me aprisiona y me distancia de la gente. Quizás sea desinterés, pero lo descarto, ya que las personas, la cuales tratan de comunicarse conmigo, son amistades. Sin embargo, pese a mi larga ausencia en sus vidas, ellos están para mí cuando más los necesito.

Cuando entramos en el apartamento, María agarró la silla y la puso en el balcón.

—¿Y la gata dónde está? —preguntó, extrañada.

—Haciendo cosas de gato, supongo —dije, abriendo la nevera—. ¿Quieres cerveza?

—Soy menor de edad, pero en esta isla a nadie le importa.

Enarqué una ceja.

—¡Por favor, no me mires así! Hay chicos de mi edad que se drogan. Mejor el alcohol que las drogas, ¿no?

—Cualquier adicción es perniciosa, pero a ojos vista de la sociedad, el alcohol es más tolerado que la droga.

—¿Eso crees?

—¿Quieres cerveza?

—Seguro me he emborrachado más que tú y he ido a más fiestas que tú —aludió.

Solté un bufido y le llevé la cerveza.

—¡Gracias! —Destapó la lata y dio un sorbo profundo—. ¡Ah, está muy buena…!

—Es Heineken, mi marca favorita —dije con una sonrisa deferente.

Del bolso extrajo una caja de cigarrillos Lucky Strike. Me la lanzó y la atajé como si fuera una pelota de béisbol.

—Sé cuanto te gustan los cigarros con sabor a menta. Considéralo como un agradecimiento por la ayuda que me has ofrecido —dijo con vehemencia.

Encendí un pitillo y calé hondo. Esperé a que pasara el archivo a mi teléfono. Hablamos de asuntos triviales como su relación y el matrimonio disfuncional de sus padres. Cuando hube comprobado la recepción del cuento, ella guardó silencio, conectó los audífonos, montó una pierna sobre otra y abrió un juego. La lata de cerveza exudaba gotas y un favorable viento atrajo la fragancia del mar.

***

Hace un año, conocí a María. La adolescente era fanática de mis obras. Al principio sus comentarios en los capítulos de la novelas eran cortos y sencillos, pero a medida que leía mis otros escritos, alargaba las opiniones. Cuando se trataba de una historia en primera persona, comentaba como si hablara con el protagonista. En las ocasiones donde el narrador era omnisciente, despotricaba contra un villano o alababa las acciones del héroe. Consideraba a María como una lectora del montón, hasta que un día decidió contactarme vía F******k.

Anteriormente, especifiqué mi condición hermética como individuo ante la sociedad. Era de esperarse que evitara a María y me limitara a conversar con ella sobre las historias. Los mensajes contenían escuetas respuestas de mi parte. Rechazaba su solicitud de amistad varias veces. Todos los días enviaba un mensaje de buenos días y buenas noches. Un día le comenté a Alejandra sobre la situación, en una llamada. «Debería no responder a sus mensajes, pero me da lástima. Quizás no tiene con quien hablar». «¡Arcángel, es una fanática de tus obras, no está bien que des la espalda!», reprochó Alejandra. Me sentí culpable y opté por atender a mi pequeña fan. Sin embargo, continué con la marcada distancia y prolongaba mis contestaciones. Empero, admito que me gustaba su insistencia y la semilla del cariño se sembró en mí. María era de las pocas lectoras que se dedicaban a leerme. Un escritor no olvida a los lectores que acogen, como si fueran niños, sus escritos.

Paseaba, un agradable fin de semana, por el centro comercial La Vela. Con los ahorros de mi tarjeta de débito, pagué una pizza y me senté a comer. No había transcurrido ni cinco minutos cuando avisté de reojo que una chica, que tenía un cintillo con orejas de gato, se acercaba. Sus pasos eran cortos y a veces se detenía a reflexionar algo o eso parecía. Llevaba puesto un suéter negro con el logo de Marvel en el centro. Ignoré su figura y seguí comiendo.

—¿Usted es el escritor Arcángel? —me preguntó una voz apenas audible.

La foto de perfil de María en F******k era el rostro de un personaje de anime. Por tanto, no sabía que la chica tímida era mi fan.

—Sí —respondí y la vi con una sonrisa.

Limpié mis dedos grasosos con una servilleta. Ella se acercó a una silla.

—¿Puedo?

—Claro, siéntate —respondí.

El perfil de María tampoco indicaba el país de origen.

—Disculpa la interrupción —dijo, avergonzada.

—No hay problema. —Señalé un pedazo de pizza—. Si gustas, puedes comer.

—¡Qué amable es usted! Pero lamento rechazar el pedazo de pizza, acabo de almorzar con mis padres.

—¡Ah! —Extendí los brazos y relajé los hombros—. Bueno, en ese caso, no hay mucho que pueda hacer.

Ella se rio como una colegiala cualquiera.

—A ver… Si hay algo que puede hacer por mí —soltó de improviso.

—¿Qué puedo hacer? Dime.

Sacó el libro Al sur de la frontera, al oeste del sol, de Haruki Murakami, de un bolsito que colgaba en un costado de la falda. Adjunto al marcapáginas, relucía un magnífico bolígrafo.

—¿Puede firmar la portada como si fuera una dedicatoria?

Me extrañé al ver que pedía una firma en un libro de mi autor favorito. Lo común es firmar un libro escrito por uno mismo, no uno ajeno. No obstante, al tratarse de una dedicatoria, pues no había problema. Además, yo carecía de una novela publicada en físico, todas están en digital.

—¿Puedo saber tu edad? —pregunté con discreción al tomar la pluma y abrir el libro por la portada.

—Tengo catorce, pero en unos días cumpliré quince.

—¿Y tu nombre? —Acomodé los dedos en la pluma, dispuesto a firmar.

—María y mi apellido es Saavedra.

Era ella, mi lectora. Para empatizar, decidí hacer una pequeña broma. Entonces dejé caer la pluma a un lado y cerré el libro de golpe.

—¿Eres María Saavedra, la de la foto de perfil de anime? —pregunté, fingiendo irritación.

Muy oronda, por haberla reconocido, asintió.

—¿Por qué diablos me pides firmar un libro de Haruki Murakami? No te basta con acosarme en redes y vienes a molestarme mientras como pizza —dije con falsa alteración.

Su semblante pasó de la felicidad al miedo. En sus ojos destelló la vergüenza y la decepción.

—Esto… ¡Disculpe!

Se levantó pero la agarré del brazo a tiempo y, como si fuera mi hija, le brindé un abrazo. No vi su cara de estupefacción, hubiera deseado verla. Podía ser descastado detrás de una pantalla, pero en persona soy todo lo contrario. Me di cuenta que el cariño floreció en mi alma, su insistencia había valido la pena y, no conforme con ello, el amor que profesaba a mi trabajo en los mensajes.

—No toleras una broma, ¿eh? —dije con ternura.

El cabello de María olía a caramelo.

—¡Usted parecía molesto! —exclamó después de reírse.

—¿Cómo voy a estar furioso con una fan que se tomó el tiempo de leer todos mi escritos? Además, tienes un buen pensamiento crítico. No solo has juzgado, sino me has ayudado a crecer como autor.

Nos sentamos de nuevo y, acto seguido, firmé el libro con la respectiva dedicatoria.

—¡Muchas gracias, señor Arcángel! —exclamó entre lágrimas—. Me has dado un buen susto.

—Tenía que devolver la sorpresa —contesté.

Al día siguiente, recibí un mensaje de agradecimiento de la madre de María. Entonces supe que el libro de Haruki Murakami era un regalo y la vida concedió la oportunidad de sumar un regalo mejor: conocerme. De modo que conocí a María el día de su cumpleaños.

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