31: Amargas despedidas

Claus levantó la mirada y vio que era Salomé quien le sostenía de su mano izquierda para evitar que cayera a aquel funesto destino.

—Claus… —le llamó la loba— Se terminó, perdiste. Pero está bien, por favor, sólo ríndete y entréganos el anillo. No tiene que terminar así.

El lobo gris le miró. Primero inexpresivo y luego… sonriendo.

—No hay marcha atrás

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