Capítulo 86.
—¡¿Dónde están, pequeños demonios?!— Dije corriendo descalza por los pasillos de mi mansión.
Habíamos regresado hace casi dos semanas a casa y desarrollamos una rutina: Tío Chad se levantaba temprano para abrir mi puerta y asegurarse de que no era una salvaje; cuando comprobaba que no lo era, quitaba el candado y las cadenas de mi puerta. Gisselle pensaba que estaba exagerando, pero me gustaba ser precavida.
Una vez despierta, me daba un largo baño y luego salía a desayunar con todos en la mesa