Capítulo 27.
AMARA CORTÉS.
Enciende la luz. Me asombra el cuidado que tiene con todo, no quiere tener que deberle nada a nadie.
— Ven.
Lo persigo hasta llegar a una mesa cerca de la ventana desde donde puedo ver lo hermoso que está el centro de nuestro pueblo hoy. Dejo las cosas encima de la mesa y pongo un lápiz tras mi oreja.
— ¿Aún sigues triste? —Pregunta haciendo que levante la cabeza de los libros.
— Creo que no puedo dejar de estar triste. —Respondo encogiéndome de hombros. — Supongo que siempre