Xandro entró a la oficina. Charles lo miró con arrogancia.
—Salgan, y nadie entra aquí —ordenó a los custodios—. Mucho menos el señor Ravelli.
Apenas se cerró la puerta, Xandro lo golpeó sin mediar palabra. Charles intentó defenderse, pero no tuvo oportunidad. Xandro sabía pelear, y la rabia acu