—No digas eso —lo regañó.
—Será mi regalo para ti, Alekos no podrá quitártela si se divorcian.
—Sabes, te quiero mucho —le dijo Dakota y le dio un gran abrazo.
—¿Entonces te gusta la casa?
—Es hermosa, tus nietos serán muy felices aquí.
Esa tarde, cuando Alekos volvió, y la encontró sentad