—Felicidades, Alekos, es preciosa. Y a tu padre se le nota encantado con ella —añadió otro.
Alekos fingió una sonrisa, aunque la ironía le atravesó la voz:
—Yo diría que lo tiene arrastrando el ala.
Las carcajadas resonaron alrededor, pero él no se unió. Su mirada volvía una y otra vez a Dakot