Dakota sonrió.
—Es una piruja de gran trasero. Cuando me recupere del parto la voy a arrastrar por toda Tesalónica.
Alekos soltó una carcajada que retumbó en el pasillo.
—Eso no es digno de una dama —dijo, besándola—. Te amo, Dakota Ravelli.
—Yo también te amo.
Las contracciones aumentaban