24. LLEGADA DE CONSTANZA
Estaba de lo más emocionada ante la lectura del diario, que no me daba cuenta como pasaban las horas y Dolores seguía sin aparecer. Un ruido en la planta baja, hizo que levantara la vista, el viejo reloj dio las campanadas que anunciaban las cuatro de la tarde. Dejé el diario en la mesa, colocando el cenicero de piedra que existía en su centro, y bajé con la intención de saludarla y pedirle disculpas.
—Dolores…, Dolores…
Llamé sin obtener respuesta alguna. Qué raro, me dije, no creo que se