Juliana había limpiado ya buena parte del primer piso cuando llegó a la escalera principal de la casa. Con el plumero en una mano y el paño húmedo en la otra, comenzó a retirar el polvo de los barrotes de madera oscura, avanzando peldaño por peldaño con la precisión de quien llevaba años haciendo exactamente el mismo trabajo.
Sus manos seguían la rutina de siempre.
Su mente, en cambio, estaba lejos.
¿Por qué? ¿Por qué Don Santiago habría dejado una cláusula tan absurda en su testamento?
Ella co