Juliana regresó a la cocina después de la cena y, apenas cruzó la puerta, lo primero que hizo fue mirar el reloj colgado en la pared.
Las manecillas marcaban las ocho de la noche.
Su jornada había terminado.
Con un suspiro cansado, se quitó el delantal y lo dobló con cuidado antes de dejarlo sobre una de las sillas.
—Ya es hora de irme, Carmen —dijo mientras se acomodaba el cabello—. Nos vemos mañana.
La mujer levantó la mirada desde la encimera donde organizaba algunas cosas.
—Está bien, Julia