CAPÍTULO 5

Gwyneviere regresaba de un paseo matutino por el bosque cuando vio a Cyrus acercarse a la puerta de su casa.

- Oye, mensajero. Aquí estoy.

- Gwyneviere. Traigo un pedido de lord Gustave. Aquí tienes.

Cyrus le entregó un pergamino enrollado, que Gwyneviere tomó en sus manos y leyó. El lord quería que desenmascarara a una estafadora, quien lo había timado haciéndose pasar por hechicera y le había hecho pagar unas cuantas monedas por unas pociones que no habían servido para nada.

- Bueno, adiós -dijo Cyrus.

- No tan rápido. Espera, dile que no haré lo que me pide. No iré a buscar a esta mujer porque el tipo no puede arreglar sus propios problemas. Ve y dile que no voy a trabajar para él. Resuelvo problemas reales, no estoy para perder el tiempo cobrando venganzas para estos ricachones.

- Oye, díselo tú, se enfadará conmigo. Yo solo soy el simple mensajero.

Gwyneviere bufó enojada.

- Típico del buen Cyrus, pájaro de mal augurio. Adiós -le dijo, entrando en su casa y dejando el pergamino sobre la mesa.

Gwyneviere se masajeó las sienes con un incipiente dolor de cabeza. La Ciudadela estaba lleno de estafadores que decían poder adivinar el futuro, hacer magia o pociones, y los ricachones se dejaban convencer de cualquier cosa.

- ¿Qué sucede, Gwyn? -preguntó Nimh.

- Debo resolver algo en la Ciudadela -suspiró Gwyneviere.

- ¿Quieres que vaya contigo?

- Puedes venir si quieres.

Gwyneviere observó la dirección del noble que figuraba en el pergamino (debajo de donde mencionaba que luego de que la tarea estuviera realizada, pagaría una muy buena suma) y ambas se dirigieron a la Ciudadela.

***

Nimh visitó a Vandrell mientras Gwyneviere se ocupaba de su problema.

- Hola -dijo, entrando a su tienda.

- Hola, Nimh -contestó él.

- ¿Cómo estás? Te traje una jalea hecha con frutos del Bosque de Druwyddrerm.

- Muchas gracias. ¿Qué te trae por aquí?

- Vine con Gwyn, y mientras ella atiende unos asuntos de hechiceras yo paseo un poco.

- Te ha tocado una gran maestra, ¿eh?

- Tengo suerte, ¿no crees?

- Demasiada. Gwyneviere es no sólo una gran hechicera sino una gran persona.

- ¿Cómo se encuentra tu madre? Me ha dicho Gwyn que está muy enferma.

- Por ahora está estable. Gracias por preguntar. Hay días en los que se siente muy mal.

- ¿Qué le ha pasado? Si no te molesta contarme…

- Está bien. Realmente es irónico, ¿sabes? Mi madre no tiene una enfermedad común y corriente. La han hechizado. Lo peor es que tiene dos alquimistas en casa y ninguno puede ayudarla. Hemos probado de todo y lo único que podemos hacer por ella es aliviar un poco su dolor, pero su enfermedad sigue ahí. Conozco a todos los alquimistas de aquí y nadie pudo haber hecho algo así.

- Pero… ¿cómo? -preguntó Nimh, consternada.

En ese momento entró Gwyneviere.

- ¿Lo hiciste? -preguntó Nimh.

- Claro, le dije al cretino que no mataría a una mujer por haberlo estafado. Que se hiciera cargo de sus problemas él mismo y que no me contactara nunca más. No soy un asesino a sueldo. Se atrevió a llamar a sus guardias para amenazarme y aumenté los fuegos de sus chimeneas con magia para asustarlo.

- Me hubiese encantado ver su cara.

- Es un cobarde. La mujer e****a a idiotas, no puedo culparla.

- Te dije que tienes suerte, Nimh -dijo Vandrell-. Tienes a la mejor hechicera de Maestra.

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