Capítulo 9. Discusión.

Cuando Adrian McGrath regresó a la mansión, con el abrigo mal cerrado y el cansancio marcado en el rostro, el amanecer comenzaba a despuntar en el horizonte. Ella lo vio desde la ventana de la habitación que le habían asignado.

«Qué miserable», pensó con amargura. «De seguro estuvo bebiendo o con mujeres», se quejó soportando la furia.

No iba a reclamarle por los medicamentos. Si lo hacía, él descubriría su mentira y perdería la oportunidad de conseguir todas las pruebas necesarias para denunciarlo, pero esa mañana se sentía tan tensa que necesitaba desahogarse de alguna forma y así no volverse agresiva, mucho menos, con los trillizos. Ellos no tenían la culpa de nada.

Guardó el recuerdo de la habitación equivocada en el lugar más oscuro de su mente y un par de horas después fue a enfrentarlo. Lo sucedido con los niños la noche anterior no podía callarlo.

—Tenemos que hablar —dijo, apareciendo de manera repentina en el despacho antes de ir al comedor para desayunar con los trillizos.

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