Capítulo 32. El rescate.

La lluvia caía con tanta furia que parecía querer borrar los caminos. Elena avanzaba a tientas entre los árboles, con el corazón desbocado y la respiración rota.

—¡Theo! ¡Leo! —gritaba, sin saber si su voz llegaba a alguna parte—. ¡Por favor, respóndanme!

Los relámpagos iluminaban el bosque por segundos, permitiéndole guiarse. Por culpa de la maraña de raíces y piedras del suelo tropezaba y caía de rodillas, sintiendo el barro colarse por debajo de la falda de su vestido. Se le escapaban solloz
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