Capítulo 6
Punto de vista de Camille

Me desperté en sábanas de seda, bañada por la luz del sol. Por un momento, pensé que había vuelto a mi habitación de la infancia, antes de que todo se derrumbara. Pero el techo sobre mí era desconocido: ángeles pintados a mano flotaban en un cielo sin nubes, enmarcados por molduras doradas que seguramente costaban más que toda mi boda.

El dolor recorrió mis costillas al intentar incorporarme, los recuerdos inundaron mi mente: el estacionamiento, los matones contratados por Rose, la misteriosa mujer de cabello plateado.

—Ten cuidado —una voz desde la puerta hizo que girara—. Tienes contusiones en tres costillas y una conmoción leve. El médico dijo que necesitas descansar.

Estaba allí, como sacada de una revista de modas, con un pantalón hecho a medida negro, usando perlas que claramente no eran falsas, y su cabello plateado estaba recogido en un moño elegante. Pero fueron sus ojos los que me retuvieron; agudos, calculadores e inquietantemente familiares.

—¿Dónde estoy? —mi voz sonó áspera—. ¿Quién eres tú?

—Estás a salvo. —se acercó con una gracia fluida, acomodándose en una silla junto a mi cama—. Y en cuanto a quién soy... mi nombre es Victoria Kane.

El nombre me impactó como un choque físico. Todos conocían a Victoria Kane, la implacable directora general que había construido Kane Industries desde cero, la mujer a la que Forbes llamaba “La Reina de Wall Street”. Tenía miles de millones, movía mercados con una llamada, y se rumoreaba que era más poderosa que la mayoría de los gobiernos.

—¿Por qué… —tragué saliva—. ¿Por qué estoy aquí?

Algo parpadeó en sus ojos, quizás dolor, o tal vez un recuerdo. —Porque hace tres años vi una foto en una revista social, de una joven en alguna gala benéfica, usando un vestido que no le quedaba bien, sonriendo con valentía mientras su “perfecta” hermana hacía un espectáculo.

La gala. Uno de los muchos triunfos de Rose, orquestado para destacar la diferencia entre nosotras.

—La foto llamó mi atención —continuó ella—, pero fueron tus ojos los que me hicieron mirar más de cerca. Eran... familiares.

Se acercó a su teléfono, mostrándome una imagen que me dejó sin aliento, en ella estaba una joven, quizás de mi edad, con mi rostro, mis ojos, y mi sonrisa.

—¿Es tu hija? —la semejanza era asombrosa.

—Sophia. —la voz de Victoria se suavizó—. Habría cumplido treinta y dos este año.

Habría cumplido. Las palabras pesaban en el aire.

—¿Qué pasó?

—Un accidente de coche, hace diez años —sus dedos recorrían la foto—. Pero “accidente” es una ficción cortesía del lenguaje. La familia de su prometido no aprobaba el matrimonio y las líneas de freno son muy fáciles de manipular...

Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Tuvieron que... enfrentarse a las consecuencias?

—¿Enfrentar las consecuencias? —mostró una sonrisa que podría partir el cristal—. Por supuesto. Pero esa no es la razón por la que estás aquí.

Dejó el teléfono y me fijó con esa mirada penetrante. —Después de ver tu foto, te investigué. Me enteré de la dinámica de tu familia, tu matrimonio, y las “actividades” de tu hermana.

—¿Me has estado observando? —debí sentirme asustada, pero un inexplicable sentido de calma predominó.

—Sí, porque reconocí algo en ti, algo que vi en Sophia: potencial en bruto, envuelto en las expectativas de otros. Como un diamante que intentan vender como cristal.

Mi corazón latía con fuerza. —No entiendo...

—¿No? —se inclinó hacia adelante—. Te vi intentar encajar en el molde que hicieron para ti, vi cómo escondías partes de ti para agradarles, cómo te cortaban las alas y te decían que era por tu bien.

Las lágrimas ardían en mis ojos. —Como con la aceptación de la universidad....

—Que Rose saboteó. Sí, sé eso también —señaló—, con la entrada en tu diario, que inventó. Sumado a los trabajos que se aseguró de que no consiguieras, y las amistades de las que lentamente hizo que te alejaras.

—Lo sabes todo —mi voz se quebró—. Y solo... ¿observaste?

—Esperé —se levantó y se dirigió a la ventana—. Esperé a ver si te romperías o florecerías.

—Esperé el momento en que finalmente pudieras ver más allá de sus mentiras perfectas.

La confrontación con Rose recorrió mi mente.

—¿Y ahora? —pregunté.

—¿Ahora? —se volvió hacia mí, la luz del sol se reflejaba en su silueta—. Ahora te ofrezco una elección. Puedes alejarte de todo esto, te puedo preparar un lugar nuevo, cómodo, lejos de ellos, o...

—¿O? —pregunté.

—O puedo enseñarte a ser lo que siempre temieron que llegaras a ser: poderosa, independiente, libre.

Se acercó a mi cama y, de repente, entendí qué la hacía tan formidable. No era solo su dinero o influencia, era la certeza absoluta de que el mundo se doblaría a su voluntad.

—Tu hermana pasó trece años enseñándote sobre manipulación —continuó—. Déjame enseñarte sobre el poder. El poder real, no los juegos mezquinos que ella juega.

—¿Por qué? —tuve que preguntar—. ¿Porque me parezco a tu hija?

—No —su mano tocó la mía, sorprendentemente cálida—. Porque te pareces a mí hace cuarenta años, antes de que aprendiera que el mundo no te da lo que mereces, sino lo que puedes tomar a la fuerza.

La observé, viendo la manicura perfecta que probablemente valía más que mi sueldo mensual.

—¿Qué pasará si digo que sí? —pregunté.

—Entonces te adoptaré, pública y legalmente. Te convertirás en Camille Kane, la heredera de todo lo que he construido. —su sonrisa se tornó afilada—. Imagina la cara de tu hermana cuando se dé cuenta de que la inversora que ha estado buscando desesperadamente, es su pequeña y “débil” hermana.

Esa idea me hizo estremecer de emoción. —Se volvería loca.

—Ese solo será el principio. Te enseñaré todo lo que sé; sobre negocios, estrategias y poder. En cinco años, no solo sobrevivirás a sus juegos, sino que reescribirás las reglas.

—¿Y qué obtendrás tú con eso? —pregunté.

Victoria me observó fijamente, y por un momento, vi una honestidad cruda en sus ojos.

—Una oportunidad para terminar lo que empezó Sophia, una oportunidad para ver a alguien florecer en lugar de romperse, y... —hizo una pausa—, una oportunidad de tener otra hija.

Pensé en mi vida, en la jaula en la que me habían encerrado cuidadosamente, en los sueños que me habían robado, en las mentiras con las que me habían alimentado, en la sonrisa arrogante de Rose, la traición de Stefan y la ceguera complaciente de mis padres.

—¿Cuándo empezamos? —pregunté.

La sonrisa de Victoria fue como un amanecer; brillante e inevitable. —Ya hemos comenzado.

Alcanzó una carpeta a un lado de la cama. —Primero, necesitamos hacer que desaparezcas, que crean que sus matones lograron su objetivo.

—Que piensen que… —lo comprendí—, dejemos que piensen que lograron romperme.

—Por ahora —abrió la carpeta, dejando al descubierto documentos, pasaportes y extractos bancarios—. Mientras te recuperas, mientras aprendes y te conviertes en quien realmente estás destinada a ser.

Me enderecé, ignorando el dolor en mis costillas.

—¿Y después? —pregunté.

—¿Después? —Victoria Kane, mi nueva madre, sonrió como una reina que me entregaba un reino—. Después, les mostraremos exactamente lo que ocurre cuando intentas enjaular a un lobo con piel de oveja.

Al mirarla, finalmente comprendí lo que era el verdadero poder. No se trataba de las manipulaciones mezquinas de Rose, ni de los privilegios heredados de Stefan. Era algo más, algo primitivo, algo que habían tratado de aplastar en mí.

Pero fracasaron.

Y ahora, pagarían.

—¿Cuándo puedo firmar los papeles? —pregunté.

La risa de Victoria estaba llena de promesas.

—Esa es mi chica —dijo.

Por primera vez en trece años, esas palabras se sintieron reales.
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