Sylvia frunció el ceño en desesperación.
La dueña volvió a gritar.
Sylvia vio que la sangre había comenzado a gotear del cuello de la dueña. El hombre le había cortado la piel con la hoja.
Los ojos de Sylvia se abrieron con sorpresa y miedo, y su cuerpo comenzó a temblar.
Todo lo que había querido era sacar a Thomas de su escondite. Ella no había querido que personas inocentes estuvieran involucradas.
—Iré contigo. ¡Solo por favor, déjala ir!
Sylvia se levantó.
—Excelente. Ven, da