Su imponente figura la rodeaba como muros de hierro.
Se puso nerviosa y su cara se puso más roja. Él se rio de su reacción.
Levantó su rostro y la besó de nuevo hasta que sintió dolor en sus labios una vez más. Él jadeó de dolor y se vio obligado a soltar sus labios protuberantes.
Él la miró con frialdad y ella reaccionó encogiendo el cuello mansamente y gruñó y luego sostuvo la parte posterior de su cuello.
Justo antes de que cerraran sus labios nuevamente, ella dijo:
—Odell, todavía