—No te permito que le hables así a mi esposa.
—¿Acaso aún es tu esposa? ¿Se fue con su amante dos semanas y aun la consideras tu esposa?
—No te consta que se haya ido con una amante.
—¿De verdad necesitas pruebas? Todo es evidente, tu mujer es una desvergonzada.
—Cállate. —Grito Ignacio—. Si no te agrada puedes largarte de esta casa.
—No me iré, esta también es mi casa.
—Y la mía, así que no te metas en lo que ni te importa.
La tía Lucrecia intervino.
—Basta de discutir, Diego por favor