Cuando Betty llegó a casa, estaba aturdida, no había dejado de llorar, pero tuvo que calmarse, debía entrar a su hogar, fingir que estaba bien.
Miró su rostro, sus ojos estaban enrojecidos, respiró profundamente.
«¿Es mi hijo? ¿Es una mentira? ¡Es una pesadilla!», pensó
Pellizcó su piel para recordar que eso era la realidad.
Cuando entró en la casa, escuchó una vocecilla al fondo, en el salón; era la voz de Bradley.
El hombre cantaba una dulce canción de cuna, la balanceaba con profunda ter