Cuando Elaine recibió la noticia de la muerte de su hijo Ruppert, sintió que el mundo entero se derrumbaba bajo sus pies.
Durante varios segundos fue incapaz de reaccionar.
Las palabras del mensajero seguían resonando en su cabeza como un cruel eco.
—El señor Ruppert ha muerto...
No.
Aquello no podía ser cierto.
Su hijo no podía estar muerto.
No él.
No de aquella manera.
Las lágrimas comenzaron a brotar antes de que pudiera contenerlas. Su respiración se volvió errática y el dolor fue transformá