Serena conducía el automóvil a toda velocidad por la oscura carretera italiana.
Sus manos aferraban el volante con tanta fuerza que los nudillos se habían vuelto completamente blancos. Las lágrimas nublaban su visión, pero no disminuía la velocidad. No podía hacerlo.
Necesitaba escapar.
Necesitaba poner la mayor distancia posible entre ella y aquel lugar que solo le había dejado dolor.
El rugido del motor rompía el silencio de la noche mientras las luces de la ciudad quedaban cada vez más lejos.