Podré quejarme de muchas cosas de los Brown, pero de algo que no podía quejarme era de su ridículo buen gusto. El jardín de la mansión, este por el que estábamos avanzado, resplandecía con la belleza propia de una decoración de ensueño.
De los arboles caían lluvias de luces y en el área de invitados, las mesas altas repartidas tenían cómo adorno principal, una serie de velas de aroma exquisito. Ya luego estaba la música que provenía de la tarima de la que tanto me burlé, tocaban para nosotros u