El llanto desgarrado de Harper aún resonaba en el pasillo del hospital; Austin, sintiendo como cada sollozo de ella le quemaba el pecho, tomó aire dispuesto a inclinarse hacia una decisión que cambiaría el rumbo de todo.
Lentamente, alzó ambas manos y las colocó con ternura sobre las mejillas húmedas de Harper.
El contacto de sus palmas contra la piel helada de Harper hizo que el cuerpo de ella se paralizara por un segundo, no esperaba aquella cercanía, no del hombre que se mostraba tener un