El silencio volvió a caer.
Alexander se acercó lentamente hasta quedar frente a ella. Tan cerca que Helen pudo sentir su respiración.
—Por conveniencia o no —dijo él con voz grave—. Sigues siendo mi esposa, Helen.
La mujer sintió que su corazón latía más rápido de lo que quería admitir.
—Eso