Sebastián no se inmutó. No apartó la mirada.
—No voy a forzarte a nada —dijo con voz baja—. Pero si vamos a vender esto, tiene que haber intimidad. Toques. Besos que no parezcan ensayados. Caricias que no se detengan en la puerta de la habitación. Si mi abuelo nos ve fríos, distantes, incómodos… sab