Capítulo 50
El resto de la mañana pasó en un borrón de correos, llamadas y correcciones. Cada vez que alguien entraba a la oficina de Sebastián y me veía sentada en mi puesto, la reacción era la misma: una sonrisa aliviada, un “¡menos mal que volviste!” o un “la oficina era un caos sin ti”. Yo respondía con son