Sebastián me rozó la mano por debajo de la barra, un gesto rápido, casi secreto.
—Todo va a estar bien —susurró, aunque su voz temblaba un poco.
Yo asentí, aunque no estaba tan segura.
Porque después del desayuno, la mentira que habíamos construido con tanto cuidado iba a tener que enfrentarse a la