Y mi cuerpo… mi cuerpo, traicionero y honesto, ya había empezado a recordar el camino de vuelta a casa.
Ese “minuto más” se estiró perezosamente. Ninguno de los dos parecía dispuesto a romper el hechizo. El brazo de Sebastián seguía rodeándome con esa delicadeza nueva, como si temiera que cualquier